domingo, 19 de febrero de 2017

La sonrisa de María

La música parecía brotar de sus manos, él casi podía verla subir lentamente hacia el techo del auditorio. La miraba, sentado en la décima fila del patio de butacas,  identificaba sus gestos antes de que se formaran en su rostro.  Sabía lo que pensaba con tan solo observar la comisura de sus labios, sabía si estaba satisfecha o si por el contrario estaba molesta con el director porque no le gustaba el tempo o porque daba las entradas un segundo tarde. La miraba, como tantas veces en esa misma butaca, sintiendo que se ahogaba en ella, en sus ojos verde pantano. Si cerraba los ojos podía sentir sus mechones anaranjados acariciándole el cuello y sentir su sonrisa en su piel. Y su música impertinente, descarada, que él oía a pesar del resto de la orquesta. Siempre había sentido que tocaba solo para él, si se concentraba podía oír solo su chelo e ignorar al resto de la orquesta. Podía sentir el rasgado de las cuerdas, el pellizco leve de sus dedos sobre cada una de ellas.  Siempre le había parecido una canción de amor y cuando la oía tocar era feliz.

La acomodadora pasó, y mientras indicaba sus butacas a una pareja de mediana edad, lo vio ahí sentado. Hoy ha llegado pronto, pensó mirando al joven de la décima fila. Lo conocía desde hace años, venía con la misma frecuencia que la orquesta de Madrid. Daba igual lo que tocaran y el número de sesiones, él nunca se perdía una. Siempre con la mirada fija en los chelos, excepto en los momentos en los que cerraba los ojos sonriendo. Sin duda, era un melómano, pensó la acomodadora, cada nota le afectaba como si la música fuera un idioma que solo él entendía. No era un chico guapo, pero su intensidad lo hacía atractivo y no era frecuente estos días ver a alguien con tanta constancia.

María se encontraba hoy regular,  el director estaba de mal humor, y sentía sus quejas con cada golpe de la batuta. Menos mal que hoy solo tocamos una sesión, pensó, y así podré llegar pronto a casa. Ni siquiera pasaré por el  café de Elena a tomar el capuchino de costumbre. Me iré a casa, directa a casa y tomaré un té mientras espero a que vuelva Héctor.

Hoy parece tocar con prisas, pensó el chico de la décima fila, como si quisiera marcharse ya de aquí. Le sentará bien el café de Elena, parece destemplada. Sonrío para sí, y con la impaciencia de María sintió crecer la suya. Sintió las ganas de entrar en la cafetería y observarla desde la puerta con su taza entre las manos leyendo la sección de cultura de periódico, que siempre leía entera. Solo con mirarla ya sabría si hay alguna obra interesante en el cartel de Madrid, o si la crítica literaria del día sería de fiar.

Sintió la ansiedad que siempre sentía al abrir la puerta del café. Miró hacia el rincón de María y sintió la vieja y ya conocida decepción, la misma que sentía cada vez que ella se saltaba su rutina. Era poco frecuente, pero aveces sucedía. Se acercó a la mesa de María  y se sentó acariciando delicadamente el mantel de hilo blanco, casi casi podía olerla. Elena se acercó sonriendo. “¿Con leche? Como siempre, ¿ no?” Preguntó viendo cómo la tristeza se instalaba en su rostro.

María giró la llave y para su sorpresa Héctor ya estaba en casa. Él  levantó la mirada desde el sofá y le dirigió una cálida sonrisa. Llegas pronto, ¿que tal el concierto? le preguntó. María, lo miro amorosamente, bien, hoy era fácil,  aunque no me encontraba bien del todo, y parece que ahora, sin el café de Elena es como si me faltara algo. Mañana no me lo salto, pensó mientras encendía la tetera eléctrica, no sabia bien por qué siempre que rompía su rutina sentía nostalgia, le parecía que el día había quedado a medias.

Elena se sentó en la una de las sillas de la mesa de María, y lo miró despacio. “¿Es que nunca piensas decirle nada?” le preguntó en el mismo tono triste  que utilizaba con él cuando hablaban de María. Ya sabes que no Elena, contestó él, algo triste pero resignado. No insistas, lo nuestro es así, sabes que llevo a María en el alma, que forma parte de mí, la quiero en la distancia y  siempre será así. Es perfecto, yo la  cuido con la  mirada y su sonrisa, aún sin ella saberlo, me cuida a mí.